EXILE ON MAIN STREET : NOBLESSE NÉGRESSE
LA REPUBLICA INVISIBLE
Una de las cosas más inexplicables sobre América es que a pesar de tener un perfil detestable, sigue albergando mucha belleza. Quizá, como han dicho muchos pensadores, sea precisamente por su vileza o adversidad que tal belleza existe
(Leroy Jones)
Titanes broncíneos como Howlin´Wolf o Muddy Waters, cual príncipes en el destierro, se vengaron del hombre blanco con la sabiduría sinuosa de la serpiente, pervirtiendo con sus liturgias a unos famélicos y pálidos muchachos al otro lado del océano, en principio, receptáculos demasiado débiles para ser los depositarios de ancestrales latidos que ya eran viejos cuando el mundo no era más que un lóbrego y pútrido lodazal.
Al igual que en su día las tradiciones musicales europeas, acarreadas por los colonos en su periplo, dieron forma a los himnos evangelistas de los predicadores, estos salmos fueron alterados al ser imbuidos por las formas musicales y la profunda espiritualidad de los esclavos negros. Si la población protestante entonaba esos cantos religiosos con la esperanza de haber encontrado la tierra prometida, el paraíso judío de Canaán, las hercúleas voces negras los tiñeron de la melancolía propia de quien ha sido despojado de su hogar y ansia volver. Esto no se detuvo aquí, ya que las arcaicas músicas de los cautivos continuaron dispersándose por el firmamento musical como el latido de tambores en la jungla.
Que el enjambre musical negro tendiese lazos con Europa para posteriormente retornar, venía siendo un flujo continuo desde la prehistoria del jazz. Los inquietos expresionistas franceses habían adoptado el ragtime como una senda intuitiva y libre para saltarse el corsé que aprisionaba la música sinfónica. Empleado, en forma o en espíritu, por ilustres músicos como Debussy (“Golligow´s Cakewalk”) o Ravel (“Concierto para piano en sol”) que tan influyentes serian para los Aaron Copland o George Gerswhin del nuevo mundo. En el caso que nos ocupa, los estilos negros continuaron realizando ese itinerario inverso, tras partir de Estados Unidos a las ciudades portuarias de Inglaterra, donde los discos de blues, rock, country y góspel, amamantaron a toda la diáspora de formaciones británicas, que saltarían él charco en los sesenta, entre ellas los propios Rolling Stones. Que en 1972 reconquistaron América con un golpe de estado musical efectuado desde el viejo continente, desde esa distante amante que era Francia, como si fueran jazzmen exiliados. Los colonos podrían haber ganado la Guerra de la Independencia, pero estos satánicos súbditos de su graciosa majestad fueron quienes condensaron el espíritu y las raíces musicales del nuevo continente de una manera, tan absolutamente moderna como suspendida en la noche de los tiempos. Preñando su música del fervor protestante de una América más idealizada y soñada que vivida y la profunda y telúrica devoción de los esclavos negros.
Al igual que el personaje de Will More en “Arrebato”, Keith Richards mediatizaba el uso de la heroína para agitar algo en su interior. Una memoria genética suprimida. Un durmiente hereditario. Ambos buscan un recuerdo borroso, capturar una ensimismada y febril excitación infantil que tan certeramente se expresaba en aquel enajenado dialogo de la obra de Zulueta “¿cuánto tiempo te podías llegar a pasar mirando este cromo? Imposible saberlo, estabas en plena fuga, éxtasis, colgado en plena pausa ¡Arrebatado!” y proyectarla sobre su creación. Richards buscaba la América soñada por el cine y el rock & roll, idealizada desde los grises barrios londinenses desde su niñez, vestido con el traje de cowboy de Roy Rodgers y escuchando los discos de jazz de su abuelo. O los elepés de rock & roll y blues que iniciaron su amistad con un desconocido Mick Jagger al identificarlo mediante estos discos como un miembro de la secreta cofradía de los adoradores de la sweet black music. La América extraña y oculta de los personajes que protagonizan la portada del mismo “Exile”. Depurar la percepción mediante el desarreglo de los sentidos que preconizaba William Blake. Expandiendo la consciencia, emergiendo de entre los vapores de los opiáceos. Nunca el empleo de la heroína como catalizador artístico había causado efectos tan eufóricos. La misma droga devoradora de inocencia que en manos de la Velvet Underground y los Stooges había puesto fin a la ensoñación de los sesenta, en las venas de los Stones insufla de vehemencia músicas aun más vetustas que chisporrotean con la energía necesaria como para estimular el hipocampo de un superviviente de las Dust Bowls y revivir los sonidos de su época de forma completamente contemporánea y ancestral a la par. Jamás las reverberaciones internas producidas por el veneno más evasivo y aislante de todos había provocado trepidaciones tan expansivas. Mismamente, compárese la atmosfera insalubre, el despertar del velo onírico de los narcóticos, del disco inmediatamente anterior (“Sticky Fingers”), cuyo epitome pueda ser la psicofonía alcaloide de “Sister Morphine”, con el ambiente de exaltación anfetaminica del “Exile”.
Exiliados en la patria de Boris Vian, Keith, este trasunto británico de Django Reinhardt, cultivo la anarquía y el ennui como motores creativos. Si el estilo de vida del resto de los Stones era babilónico, realmente exiliados del resto de los mortales, ausentes de cualquier resquicio mundano y no únicamente aislados del fisco y las fuerzas del orden británicas. Apartados incluso de ellos mismos con Jagger perdido entre la jet set internacional de la mano de Bianca Perez y esperando su primer hijo con ella, un Mick Taylor descontento con su papel en el seno del grupo y con Watts y Wyman ausentes en gran parte de las sesiones preparatorias. Desde luego esto no era una comuna hippie dedicada a la búsqueda del duende colectivo mediante improvisaciones a lo Grateful Dead. Richards, que parecía actuar con la misma negligencia, simplemente buscaba. Como un maestro zen, examinaba como capturar un estado de ánimo mediante olvidar en el proceso su objetivo. Sabiendo que la entropía es el verdadero estado natural del cosmos, se dejo abrazar por las fuerzas del caos, escudriñando en ellas con intencionada espontaneidad. Si bajo su dirección, el grupo se convierte en un Lope de Aguirre en busca de su El Dorado, Keith Richards era el poeta toxico que había robado el fuego a los dioses para guiarles en el trayecto. Asimismo, el chaman que purifica el veneno (la heroína) y lo devuelve en forma de agua de vida, suerte de especia Melanie.
Sus antenas musicales estaban sintonizadas en el antiguo cauce primordial, sito en una marisma emponzoñada que aúlla electrificada al contacto con los elementos gaseosos del exterior, aquel en el que se baña la pendulante oscilación cadenciosa que contrae y dilata el espacio tiempo de la lectura del propio “Satisfaction” de Otis Redding, en el que se sumerge el Miles Davis de los revolucionarios “In a Silent Way” y “Bitches Brew” buceando en la repetición y los pulsos rítmicos intermitentes de la tradición africana, huyendo de cualquier concepción musical occidental. “Exile On Main Street” es un disco que contiene formas reconocibles de distintos géneros. Un paisaje volcánico que erupciona un magma sonoro formado por vetustos estilos tradicionales. Pero ante todo es un disco de rock & roll. Más aun que un estilo musical concreto, es una vibración que nos arroja a la prehistoria de los sentidos. De donde brotan los miedos más primordiales del descendiente del homo habilis. El recuerdo ciego de la oscuridad en la que éramos cazados que retienen nuestras células más lejanas. La reminiscencia fragmentaria de aciagos evos cuando el astro era una pulsante ciénaga que palpitaba, retumbando con el eco de tenebrosas fuerzas primigenias. Este disco hiede a sexo, sudor, anfetamina, mandíbulas desencajadas, narcóticos, frenesí, bacanal, alcohol. A cualquier cosa que nos ayude a pasar la noche, a todo lo que nos haga más fuertes.
Como el mismo Dylan o Harry Smith, Keith poseía un conocimiento profundo de la música americana de principios del siglo XX. Sabía que gran parte del encanto que desprendían aquellas canciones reside en su fuerza interpretativa, ¿cómo podía un privilegiado como el ponerse en la piel de aquellos músicos? ¿cómo podía sentir como aquellos que habían experimentado la carestía? Situándose en medio de la vorágine, creando un entorno hostil y decadente, que simulase aquella desorientación que se abatía sobre unas gentes que se sentían extraviadas ante una sociedad que se metamorfosea vertiginosamente impulsada por los avances tecnológicos e industriales, gentes que cantan a un pasado idealizado entre neblinas románticas. Bruscos cambios en el paisaje social que también propician la aparición de ideologías radicales, suprimiendo individualidades para alcanzar un hipotético destino colectivo glorioso, doctrinas como la de los nazis que se acuartelaron en Villa Nellcôte. Habitada ahora por quienes sus primeros recuerdos infantiles aparecen entre los escombros de una Inglaterra derruida por los sistemáticos bombardeos alemanes.
“Ser natural es la más artificial de las poses” sostenía Oscar Wilde. La inmediatez y la espontaneidad se oponen a los procesos de mediación necesarios para grabar un disco. Se exige el concurso de la voluntad y el conocimiento. Wilde también dejo el aserto “He puesto todo mi genio en mi vida; en mis obras sólo he puesto mi talento”. En “Exile” estas categorías son inseparables. Para atrapar un estado de ánimo autoinducido que bascula entre una disposición del espíritu de abrazar la alegría de vivir y la desesperación de aferrarse con tanta fuerza que las uñas sangran y se parten asidas al más mísero halito de vida, se necesita inocular de energía la materia inerte, insuflar de aliento vital el espectro sonoro. La depuración sonora era tal, el método usado estaba tan finamente destilado que todo detalle o arreglo, y el disco está repleto de ellos, están empleados con una maestría que aunque niega rotundamente el azar, no obstante, parecen fruto de este. Capturar la magia virginal de la primera vez mediante un uso sabio y quizá más presciente que lúcido, de una grabación caótica que evita rutinas y lugares comunes para cazar y capturar la chispa primordial. Posteriormente, esas grabaciones fueron retocadas en los estudios Sunset Sound de Los Angeles, buscando mantener incólume esa sensación de sonido verite más que de grabación profesional para que al escucharlo prevalezca un efecto de work in progress similar al que recorre el film “One Plus One”, la colaboración de los Stones junto a Godard. Las técnicas cinematográficas de un documental empleadas en un disco de rock.
El paralelismo trazado entre esta obra magna y las “Cintas del Sotano” de Dylan, con sus evidentes puntos en común (formato doble, sensación de improvisación colectiva, lo artesanal y casero de su grabación y del mismo equipamiento en que fue registrado) ha oscurecido las virtudes intrínsecas de la metodología stoniana empleada en la elaboración de este elepé. Que tiene más que ver con la forma a lo grabación estilo jazz de un grupo de rock tal como los Stooges encararon la grabación de su fundamental “Fun House” con Don Galucci, mezclado con la cinematográfico del método, editando y montando horas y horas de improvisaciones, de Teo Macero en los discos eléctricos de Miles Davis.
Hay una escena en “Wattstax” film que documenta el festival del mismo nombre que la discográfica Stax organizo el agosto del 72 en Los Ángeles tras los disturbios raciales en el barrio de Watts, que siempre me ha impresionado sobremanera. Las Emotions, aquel delicioso trío de pop-soul, interpretan el himno góspel ”Peace Be Still” en una pequeña iglesia parroquial. No están cantando para un público blanco, pero tampoco unicamente lo están dedicando a su comunidad, sus cómplices. Están ofreciendo su canto para ellas mismas, buscando una fisura en el silencio que ahuyente la oscuridad. Durante su actuación se suceden escenas de histerismo, incluso una mujer es retirada del auditorio al provocársele un episodio epiléptico. La misma música va creciendo como el rugido de una tempestad, finalizando en un paroxístico clímax. Como si despertasen de un sueño, como si estuvieran cantando solas. No puede baremarse la importancia que para la desarraigada comunidad negra, una población a la que en el nuevo mundo se le despojo de cualquier libertad o posesión, pudo tener la música. Esas canciones son todo lo que tenían. El ultimo lazo con los reflejos dorados de África. No se puede expresar el valor de su único tesoro, pero si puede experimentarse escuchando su obra. Si los blancos conquistaron sus cuerpos, ellos incautaron sus almas. Desde el exilio. Desde el “Exile on Main Street” de sus negras majestades. Del mismo fluido cardinal esta regado el disco de los Stones.
CINTAS EN EL SOTANO
Me he apoyado en los accidentes durante toda mi vida
(Keith Richards)
No fueron pocos los convidados a las sesiones que tuvieron lugar en el chateau de Villa Nellcôte, arrendado a nombre de Keith, quien se instalo allí con su pareja, Anita Pallenberg y el hijo de ambos, Marlon. Aunque varía su número según la fuente, más de setenta personas habitaban diariamente en la mansión y muchas más se pasaron por allí. Aparte del numeroso sequito del grupo, desde miembros de la realeza del rock como John Lennon y Yoko Ono, escritores beat como William Burroughs o Terry Southern, el gemelo toxico de Richards, Gram Parsons que trocaba lecciones magistrales de música sureña por drogas y oropeles hasta que se le expulso por su comportamiento, sin olvidar camellos, yonkis legendarios y gorrones que darían lecciones al cuñado de Popeye. Como unas colonias veraniegas organizadas por Tod Browning. Los Stones se encerraban con su peculiar mundo, olvidando el que habitaban el grueso común de los mortales. Empezando las intempestivas sesiones a principios de julio del 71 en un ambiente de disipación y jolgorio: miembros del grupo que faltaba a las sesiones, instrumentos intercambiados o algún músico de apoyo al no encontrarse el Stone pertinente, escapadas a Montecarlo para jugar en sus casinos, un Richards enganchadísimo usando la heroína como red, lanzándola a ciegas entre el éter donde viven las canciones, otros toxicómanos menos celebres que se enrollaban los cables del micro para inyectarse heroína, incidentes envueltos en la leyenda como el incendio provocado por un cocinero despistado o el robo de varias guitarras de Keith y el episodio final protagonizado por la gendarmería francesa irrumpiendo en la mansión, alarmada por las visitas continuas de buscados traficantes a la villa. Poniendo fin a la estancia de los Stones en el periplo francés en octubre del mismo año.
De allí saltarían a Los Ángeles (estudios Sunset Sound Recorders) no solo para mezclar y retocar, sino también para grabar alguna canción directamente allí; “Loving cup” (estrenada en el famoso concierto en Hyde Park del 69), “Torn and frayed”, y “Sweet Black Angel”.
Además aprovecharon para introducir todas las partes de piano y teclados, de lo que se encargaron Dr John y Billy Preston, salvo las partes de Nicky Hopkins que venían en su gran mayoría de Francia; otro hecho ocurrido allí es la inclusión de todos los coros con “aire gospel”. De estos coros se encargaron Clydie King (una de las dos presuntas esposas secretas de Bob Dylan que parece que le dio dos hijos al de Duluth), Venetta Field y Jesse Kirkland. Los coros fueron inspirados tras una visita de Mick y Preston a una iglesia evangélica.
También puede que se presentaran casi todos los músicos de sesión de L.A., pero ahí es imposible saber quien metió qué porque seguramente ni el propio Richards lo sepa. Casi todas las canciones se retocaron en mayor o menor medida (“Casino Boogie” parece que es de las pocas que se dejaron tal como se grabó en Nellcôte). “Rocks Off”, “Rip this joint”, “Shake your hips”, “Shine a light” y “Ventilator Blues” fueron las más modificadas.
Para terminar de facilitar las cosas, algunos temas provienen de sesiones anteriores: “Shine a light” son de la época de los Olympic Studios (de “Beggars Banquet” y “Let It Bleed”), y en “Sweet Virginia” ya se trabajó previamente, tanto en los Olympic Studios como en las sesiones del “Sticky Fingers”. Algunas de estas grabaciones y bases se emplearon para las mezclas del “Exile On Main Street”.
La atípica producción de Jimmy Miller, como si los Stones “tocaran dentro de un huracán”, se hace patente desde el inicio con “Rocks Off”. El oyente tiene la sensación de estar situado en el vórtice de un maelstrom sonoro por donde se derraman oleadas de instrumentos, de manera aparentemente deslavazada pero sin que nada quede al azar o se extravíe en el torbellino sónico. En piezas rítmicas como la mencionada, “Turd on the Run”, “Rip this Joint” (la pieza de ritmo más acelerado de los Stones hasta el momento) o su hipnótica recreación rockabilly del “Shake Your Hips” de Slim Harpo que parece registrado por Sam Philips en los estudios Sun, uno tiene la sensación de estar escuchando la música atravesando el campo electromagnético de un acelerador de partículas, que saturase de electricidad esas canciones, tal es la manera tan intensa en que se nos muestra la energía cruzando través de ellas. El ciclotrón se detiene en la vacilona “Casino Boogie” que nos permite apreciar cristalinamente otro elemento muy presente en el álbum: los dúos entre Jagger y Richards, que jamás ha vuelto a tener un papel tan preponderante en las lides vocales. En prácticamente todas las canciones, la nasal voz de Keith dobla las voces de Jagger. El efecto, cuando se perciben sendas voces cantando a la par, es inauditamente armonioso. Incluso cuando suenan deliciosamente desafinadas como esos desdentados coros de “Sweet Virginia”. Y cuando suenan disparejas, son como electrones chisporroteando brío entusiasta y rítmico sobre la estructura atómica de la canción. La caradura indolente con que Richards entona en “Happy” contrasta con la sensación de euforia que contagia la escucha de una canción que no podía llevar un titulo más ajustado.
Si la influencia de la cosmic american music de Gram Parsons se encuentra presente en “Sweet Virginia” o “Torn & Frayed”, los ecos añejos de otra obsesión de Richards, el mitológico Robert Johnson, se perciben en la agudeza metálica de la voz de Jagger en el blues sucio y arrastrado de “Ventilator Blues”. Nunca se tomaron el country con la misma seriedad que el blues, lo cual les permite moldearlo más irreverentemente con gotas de calypso en el country blues de “Sweet Black Angel”. En “Exile” cualquier sonido, por desmadejado que parezca aislado, es incluido con un propósito que se hace evidente al escuchar el conjunto, incluso el empleo de los silencios, como esa espaciada sincopa de la batería de Watts en “Shine a Light” que parece retener los latidos del corazón del oyente con la misma habilidad que empleaba Moe Tucker en “Heroin”. No hay que olvidar que Mick Jagger reconoce el haber intentado anteriormente calcar el sonido de la Velvet ya en “Stray Cat Blues”. La instrumentación empleada es situada en lugares inéditos pero que no resultan en absoluto desubicados. Lo mismo puede decirse respecto a los estilos empleados en el álbum, difuminados sus límites hasta confundirse, fundirse en un único barro primordial. Valga el ejemplo de “Loving Cup”, tema al que es difícil de encasillar en un estilo concreto y que lleva ese insolito (por el contexto) arreglo de steel drum incrustado. O como siendo los estilemas más reconocibles del soul los más grandes ausentes de la obra, la presencia de este estilo atraviesa como un halito espectral todo el disco. Y las virtudes curativas del góspel se desprendan de canciones como “Shine a Light” o en esa milagrosa manera de utilizar los metales, acelerando tu estructura molecular hasta el éxtasis o como fanfarrias fantasmales que llevan tu alma por ancestrales caminos como en “Let it Loose”. Un anti “Let it be” con un sonido similar al del tercer disco de la Velvet (considerado por algunos velvetianos como su disco “soul”) que se inicia con unos toques de mellotrón y el sonido de la guitarra pasada por un amplificador Leslie. Vertebrado sobre la guitarra eminentemente rítmica de Richards, engarzando con su manera habitual sus muros de alquitrán rítmico, amputados por los ruidos parasitarios de sus riffs afilados como cuchillas de afeitar y la batería de un magnifico Watts, a la que se sobrepone los latigazos de la ferrosa voz de Jagger (que nunca ha vuelto a estar tan soberbio como aquí). En todo el “Exile” nos parece observar un polvoriento reflejo, vestido con harapos y jirones, de un pasado intuido más que experimentado. Una sensación de deja vu distorsionada. A lo que ayuda una sensación, oculta entre capas de espontaneidad, de un artesanal y complejo detallismo sonoro que subyace tras la inercia que parece ser la fuerza principal empleada. Como si cada vez que escuchásemos el álbum los Stones lo volviesen a grabar ante nuestros oídos.
Pese a que recepción por parte de público y crítica no fue la esperada a la obra que cerraba la tetralogía que unos Stones en vena que habían iniciado con “Beggars Banquet” y continuada por “Let It Bleed” y “Sticky Fingers”, el tiempo ha confirmado la poderosa influencia de este disco. Otros dobles álbumes que conjugan una añoranza jubilosa al poder del rock con una intención enciclopédica respecto a este como “London Calling” o “Being There” tienen en el doble de los Stones su pariente de mayor grado de consanguineidad. Incluso el disco de versiones de Nick Cave, el fabuloso “Kicking Against the Pricks” tiene mucho más concomitancias en “Exile” que con el “Pin Ups” de Bowie. Y qué decir de Tom Waits a partir de “Swordfishtrombones” ya predicho por la cabalgata de huesos emponzoñados y de vetustos instrumentos fantasmales, tejidos como en una absurda colaboración entre Harry Patch y el Buñuel de la etapa mexicana de “I Just Want to See His Face”, o en su insólita producción donde la humedad del sótano donde fue grabado se cuela a través de los micros dando forma a ese sonido fangoso que caracteriza al disco. No es casualidad que si los reyes del rock artie querían grabar su propia versión del “White Album” de los Beatles, los Pussy Galore de Jon Spencer, cuya única intención era asesinar el rock y sentarse a regodearse encima de su cadáver, tuvieran en los Stones del “Exile” el más ejemplar manual de instrucciones. Pero ante todo, “Exile on Main Street” es un disco seminal por que abarca la historia del rock, a la vez que influiría sobre su futuro. Una obra donde se puede apreciar el pasado proyectando su sombra sobre el infinito
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martes, 20 de abril de 2010
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Rolling Stones "Sticky Fingers"

Me acuerdo una discusion que tenia con un gran amigo, Murillo. El decia que el mejor disco de los Stones era el "Exile" y yo que el "Sticky". Esta eleccion obedecia a que cada uno de nosotros poseia el disco que defendia, en esa actitud tan masculina de marcar el territorio, en esta ocasion defendiendo cada uno SU disco en lugar de meando en las esquinas. Actualmente la discusion se mantiene, pero ahora cada uno defiende el disco contrario (es decir, yo el "Exile" y el Muri el "Sticky"). Aunque el mantiene que la discusion tomaba el cariz contrario, pero esto es debido a que tiene la memoria fragmentada.
A mi me sigue pareciendo mejor "Exile on main street", pero este disco no es para despreciarlo, por supuesto. Si me pongo a pensar en esos motivos de porque me gusta menos, quiza, aparte de una sobreexposicion, puede deberse al hecho de que se me hace mas pesado. Me gusta mas escuchar canciones sueltas que metermelo del tiron. Esta todo demasiado en su sitio, me gusta mas la soltura del "Exile".
Y ya digo, que algunas canciones se me hacen muy pesadas, quiza el problema no sean las canciones en si, sino las de veces que las he escuchado. Por ejemplo me pasa con "Brown sugar" o "Bitch" (que ademas tiene el problema de ser muy parecida a la anterior). Con"Wild horses" me pasa a veces, aunque acabo sucumbiendo a su inmarchiatable encanto en cuanto escucho sus primeras notas y me dejo de tonterias. Aun no se si esta cancion es de los propios Stones o la compuso Gram Parsons (o ambos en comandita), pero si se que esta version es muchisimo mejor a la que incluyo Parsons en su "Burrito deluxe". En ella toca el piano el mismisimo Jim Dickinson, pero lo mejor es el trabajo de Mick Taylor a la steel y la interpretacion de Mick Jagger.
Prefiero las canciones menos quemadas, como "Sway". Resulta insolito la presencia de violines en una cancion tan dura (esos riffs petreos) como esta, pero quedan geniales. Proveyendo a la cancion de unos matices poco comunes en una cancion de tales caracteristicas.
"Can´t you hear me knocking" es mi favorita junto a "Moonlight mile". Ese vacilon riff y la letra sobre un tipo que aporrea en plena madrugada la puerta de su camello, ansioso por hacerse con un poco de material. Todos los instrumentos parecen contagiados por ese nerviosismo del consumidor. Y cuando la cancion parece terminar, entran las fabulosas percusiones de Jimmy Miller (productor) y las congas de Rocky Dijon. Y los solos de lucimiento de Bobby Keys al saxo y Billy Preston al organo, para acabar con un solo de fluidez latina a lo Santana de Mick Taylor, que esta increible. Y no solo en su solo, fijaros las delicadas figuras que traza su guitarra en un segundo plano mientras tienen lugar los solos de sus compañeros.
"You gotta move" demuestra que los Stones se tomaban el country con menos seriedad que el blues y gracias a esa actitud desprejuiciada, obtuvieron mejores resultados que como copistas. Y si mezclaban ambas especias (folk y blues, o sea, blues acustico), eran imbatibles. Como en esta version (la unica del disco) de Fred McDowell. Mick Jagger pone su mejor voz negra y Richards demuestra sus habilidades como corista, haciendo una segunda voz aguda. Como nos gusta cuando cantan el riff de guitarra sobre esta misma.
"I got the blues" es el otro baladon del disco (con "Wild horses"). Un torrido numero a la Stax que podria haber sido grabado por todo un Otis Redding. Preston al organo junto con Price y Keys a los vientos, insuflan de su poderio negro a este clasico. Me gusta ese apasionado final de Jagger.
De clara inspiracion narcotica "Sister morphine" participan Ry Cooder y el arreglista de Spector, Jack Nitzche. Como cancion no me gusto nunca demasiado, pero me encanta el trabajo de estos dos colaboradores: la serpeteante y polvorienta guitarra de Cooder y el extraño piano de Nitzche.
Si "Exile on main street" era el disco alcoholico del grupo (a pesar de estar al timon un Keith cada vez mas heroinomano, el disco destila un cachondeo y diversion, de sabor claramente etilico, aprovechando la coyuntura lexica) , tal como "Aftermath" es el misogino, este es el disco yonki. Todas las canciones tratan sobre la heroina, a veces escondidad en metaforas sexuales como "Brown sugar", que puede referirse tanto a una vagina de una hembra negra o a la apariencia fisica de la heroina (azucar moreno). La misma "Bitch" (puta) puede referirse a una mujer o a la addicion a la heroina. En "I got the blues" y "Wild horses" parece lamentarse, en plena carretera (gira), del destino de una hembra enganchada.
Y en "Dead flowers" de inspiracion country, la presencia de la heroina es evidente (Flores muertas) en versos como "I´ll be in my basement room/ With a needle and a spoon/And another girl to take my pain away".
Y para finalizar, mi otra cancion favorita del album, "Moonlight drive" con ese inicio de musica oriental, con la guitarra acustica sonando como una kora, el toque de Price al piano, el gran trabajo de Watts a la bateria (dandole un toque sonoro de algo a mitad de un timbal y un gong) y un gran arreglo de violines de Paul Buckmaster (que tambien es responsable del de "Sway"). La parte final me encanta, con ese riff de guitarra acariciado por los vientos y un Jagger desgarrando su voz, para caer finalmente en un placido final de armonia zen.
domingo, 7 de septiembre de 2008
Rolling Stones "Exile On Main Street"
O la historia de un retorno y de una revancha. Al igual que en su dia las musicas europeas llevadas al nuevo continente por los colonos americanos, con la inestimable ayuda de los esclavos negros, dieron lugar a todo el cultivo musical yanki. Haciendo el viaje inverso, de Estados Unidos a las ciudades portuarias de Inglaterra, los discos de blues, rock, country y gospel, amamantaron a unos chavales que formarian los Rolling Stones.Que en 1972 dieron un golpe de estado musical. Los colonos podrian haber ganado la Guerra de la Independencia, pero estos britanicos condensaron, con una superioridad absoluta a la de los grupos americanos, las raices musicales de los Estados Unidos. Y lo hicieron en Francia, desde el viejo continente. Aun mas, desde un villorio que habia sido ocupado por los nazis durante la II Guerra Mundial.Despues de haberle dado duro al blues (sobretodo en sus inicios), al rock mas Chucberriano, al soul de la Stax, incluso a la psicodelia (el fallido pero interesante "Their Satanic Majesties Request"), el pop carnavalesco y sofisticado a los Kinks y Beatles ("Between the buttons"), al country (gracias a su contacto con Gram Parsons) y en el anterior disco a este, "Sticky Fingers", darle un entorno a veces pseudo progresivo (las secciones de cuerda de aire oriental de "Moonlight mile", la psicofonica "Sister morphine", los aires santaneros de "Can´t you hear me knocking"), les dio por hacer su disco mas arcaico, que se hunde en las raices del rock & roll. Y tambien, quizas, el mas atemporal. Suena perdido en la noche de los tiempos, tanto puede tener casi 40 años, como 60, como haber sido grabado anteayer.Los topicos sobre este disco basculan sobre su identidad unitaria (que la hay), que podria ejemplificar a un anglosajon el significado de nuestro termino "duende" (que tambien), dado lo espontaneo y caotico de su concepcion: se encerraron en Villa Cointe con solo una cancion escrita ("Sweet Virginia" sobrante del disco anterior), sesiones a altas horas de la madrugada casi nunca con los cinco juntos, cantidad de drogas (Richards salio enganchado a la heroina). En fin, que lo que podria haber sido una catastrofe dado lo anarquico de la metodologia, fue una refinacion final del proceso creativo del grupo, una destilacion a lo bruto del modus operandi que llevaba practicando el grupo desde sus inicios. Asi suena de fresco y de emocionante.
No estoy de acuerdo con ese cliche inamovible que dice que el "Exile" es un disco que hay que escucharlo entero, pero que no tiene canciones relevantes por separado. Mejor si se escucha entero, pero justamente, me parece un disco donde nada sobra y el mas adictivo de su carrera. De hecho, algunas de mis canciones favoritas de ellos, se encuentran en este album. La forma que tiene de engancharte es sustancialmente distinta a la que tiene un disco de pop. Es un lazo mas ritmico, mas entusiasta, que melodico. Es como uno de esos absurdos juegos que inventan los niños, simples y repetitivos, pero que no pueden dejar de realizar. Es una adiccion similar a la de los primeros discos de Little Richard o Chuck Berry, ese ritual de vudu electrificado saliendo de un pantano donde el aire huele a sudor y sexo: a excitacion, a la de la version de "Satisfaction" de Otis Redding, esa apologia del ritmo que no deja de decirte "puto blanquito, metete tus melodias por el culo, el ritmo lo es todo".
Lei en una entrevista a los Animal Collective, que ellos consideraban personalmente, que las estructuras ritmicas de una cancion les enganchaban mas que las melodias de esta. No creo que necesariamente siempre haya de ser asi, pero considero igual de importante el ritmo que la melodia o la armonia. Es decir, a grandes rasgos, que los conceptos menos occidentales (aunque evidentemente en toda musica occidental el ritmo tiene una gran importancia) son igual de importantes que los que consideramos mas caracteristicamente occidentales. Un ritmo puede ser tan adictivo como una melodia pegadiza. Tambien Andy Summers (Police) en sus memorias "El tren que no perdi", meditando sobre ciertas enseñanzas budistas e incluso artesanales (el escultor que "encuentra" una figura en una bloque de piedra), llega a la conclusion de que la maestria del musico consiste en modificar el tiempo, alargandolo o contrayendolo.
No estoy de acuerdo con ese cliche inamovible que dice que el "Exile" es un disco que hay que escucharlo entero, pero que no tiene canciones relevantes por separado. Mejor si se escucha entero, pero justamente, me parece un disco donde nada sobra y el mas adictivo de su carrera. De hecho, algunas de mis canciones favoritas de ellos, se encuentran en este album. La forma que tiene de engancharte es sustancialmente distinta a la que tiene un disco de pop. Es un lazo mas ritmico, mas entusiasta, que melodico. Es como uno de esos absurdos juegos que inventan los niños, simples y repetitivos, pero que no pueden dejar de realizar. Es una adiccion similar a la de los primeros discos de Little Richard o Chuck Berry, ese ritual de vudu electrificado saliendo de un pantano donde el aire huele a sudor y sexo: a excitacion, a la de la version de "Satisfaction" de Otis Redding, esa apologia del ritmo que no deja de decirte "puto blanquito, metete tus melodias por el culo, el ritmo lo es todo".
Lei en una entrevista a los Animal Collective, que ellos consideraban personalmente, que las estructuras ritmicas de una cancion les enganchaban mas que las melodias de esta. No creo que necesariamente siempre haya de ser asi, pero considero igual de importante el ritmo que la melodia o la armonia. Es decir, a grandes rasgos, que los conceptos menos occidentales (aunque evidentemente en toda musica occidental el ritmo tiene una gran importancia) son igual de importantes que los que consideramos mas caracteristicamente occidentales. Un ritmo puede ser tan adictivo como una melodia pegadiza. Tambien Andy Summers (Police) en sus memorias "El tren que no perdi", meditando sobre ciertas enseñanzas budistas e incluso artesanales (el escultor que "encuentra" una figura en una bloque de piedra), llega a la conclusion de que la maestria del musico consiste en modificar el tiempo, alargandolo o contrayendolo.
Como ya he dicho, odio ese topico de la falta de canciones clasicas de los Stones en este disco. Gran parte de mis favoritas del grupo estan aqui: "Sweet black angel", "Torn & frayed", "Happy", "Shine a light", "Loving cup", la version de Slim Harpo "Shake your hips", el rock 50´s aceleradisimo de "Rip this joint" o esa magistral "Rocks off". Esta cancion me obsesiona. Podria ejemplificar por si sola, ese antagonismo entre melodia y ritmo, si no fuera por que ademas es una cancion impecablemente construida. Lo cual me lleva a insistir en otro punto: el topicazo de que es un disco grabado a la buena de Dios, improvisando. Au contraire, precisamente esa soltura con la que fue concebido, se nota en la cantidad de matices del disco. Retomando "Rocks off" es una cancion de una cantidad de detalles de produccion, similares a los que se puedan encontrar en el mas barroco disco de pop: las voces entrecruzadas de Jagger y Richards, esa efecto de phaser en la parte intermedia, etc...
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